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La cultura de la queja

  • Writer: Gustavo Estrada
    Gustavo Estrada
  • Jun 9
  • 2 min read


Hay una costumbre silenciosa que se ha vuelto tan común en nuestra rutina, que ya ni siquiera la notamos.


Nos quejamos.


Nos quejamos al despertar.

-No dormí bien.-


Nos quejamos mientras desayunamos.

-Ya se me hizo tarde.-


Nos quejamos camino al trabajo.

-Qué tráfico.-


Nos quejamos después del gimnasio.

-Qué cansado me siento.-


Nos quejamos al mediodía.

-Cómo se va de rápido el día.


Nos quejamos cuando llega el viernes.

-La semana se me fue volando.-


Nos quejamos el domingo.

-Ush... mañana es lunes.-


Nos quejamos cuando llega diciembre.

-Ya se acabó el año.-


Y así, entre una queja y otra, se nos va la vida.


Lo curioso es que muchas veces no estamos describiendo una tragedia. Estamos describiendo la vida misma.


Dormimos.

Trabajamos.

Comemos.

Tenemos responsabilidades.

Cumplimos años.

Pasa el tiempo.


Pero hemos desarrollado la extraña habilidad de convertir incluso las bendiciones en motivos de inconformidad.


Tener mucho trabajo es un problema para quien tiene trabajo.


El paso rápido del tiempo es una queja para quien sigue teniendo tiempo.


El cansancio es una molestia para quien tiene salud suficiente para ejercitarse.


Y el dinero nunca parece alcanzar, incluso cuando alguna vez no tuvimos.


La queja es peligrosa porque funciona como un imán.


Cuando te acostumbras a quejarte, tu mente comienza a buscar evidencia que justifique esa narrativa.


Y siempre la encuentra.


Si buscas problemas, encontrarás problemas.


Si buscas carencias, encontrarás carencias.


Si buscas razones para sentirte frustrado, el mundo te ofrecerá una lista interminable de motivos.


Hace algunos meses leí una historia del escritor japonés Ken Honda, autor de "Happy Money".


Cuenta que un amigo atravesaba problemas económicos y le pidió dinero prestado.


Aceptó ayudarlo, pero le puso una condición poco común.


Antes de recibir el dinero debía salir y decir diez mil veces una sola palabra:


"Arigato."


Gracias.


Meses después el amigo regresó.


Pero ya no necesitaba el préstamo.


Algo había cambiado.


No había ganado la lotería.


No tenía otro trabajo que le pagara más.


No había encontrado un tesoro escondido.


Simplemente, había cambiado su forma de mirar la vida.


Al repetir una y otra vez la palabra "gracias", comenzó a notar cosas que antes ignoraba.


Lo que tenía.


Lo que había logrado.


Las personas que lo ayudaban.


Las oportunidades que seguían apareciendo.


Su realidad era prácticamente la misma.


Su percepción era completamente diferente.


Y eso cambió todo.


La gratitud no elimina los problemas.


Pero evita que los problemas se conviertan en el centro de nuestra existencia.


Quizá el ejercicio más revelador que puedes hacer mañana es llevar la cuenta de cuántas veces te quejas (yo lo he hecho estos días y por eso estoy escribiendo esta reflexión).


No para sentir culpa.


No para fingir que todo está bien.


Simplemente para observar.


Porque es difícil cambiar algo que no vemos.


Y tal vez descubras que muchas de las cosas que hoy llamas problemas son, en realidad, privilegios que hace algunos años hubieras agradecido tener.


La próxima vez que estés a punto de decir:

-Qué rápido pasa el tiempo.-


Prueba decir:

-Qué bueno que sigo teniendo tiempo.-


Tal vez la diferencia entre una vida llena de frustración y una vida llena de significado no esté en lo que nos sucede.


Sino en la historia que elegimos contarnos a nosotros mismos.

 
 
 

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